El buzo se mueve en la oscuridad lentamente, con una linterna de corto alcance, iluminando piedras, plantas, fosas, rutas submarinas.
Sabe, porque de niño lo estudió, que el ancestro de sus ancestros fue un reptil que salió del mar, y que en el mar hemos de sumergirnos para desentrañar nuestro secreto. Pero en el mismo instante en que se zambulle, queda desorientado y pierde la perspectiva. ¿Qué puede llegar a entender de todo esto que le rodea con su visión de campo cercano, con la distorsión de lente que impone su máscara de buceo? Resignado, ilumina, fotografía y trata de no intervenir, de evitar que un torpe golpe de aleta vaya a alterar el estado de las cosas. Pero la oscuridad total, la ausencia de visualidad que impera en la fosa le obliga también a una visión fragmentaria de su entorno. Le es imposible saber si se enfrenta a un solo pez o hay mil más, dos metros más allá. Resulta imposible trazar una cartografía clara del fondo, imposible fotografiar un paisaje abisal.
En su búsqueda iluminará cosas ignotas pero no por ello hermosas: aquellas cosas que se esconden en la oscuridad porque su fealdad les impide atreverse a salir a la luz, aquello que es desconocido porque nadie ha querido conocerlo. Seres de las tinieblas que a nadie realmente interesan acá arriba, más que al afanoso buzo que busca en ellos una clave. Es un mundo de lo oscuro, donde las cosas no pueden ser hermosas porque a nadie le hace falta que lo sean, no tienen color porque no están hechas para ser vistas. Seres grises, amorfos, tibiamente disfuncionales. Criaturas y paisajes que serán alumbrados brevemente y luego quedarán de nuevo para siempre en su soledad oscura y helada. La antorcha del buzo es la primera y última luz que las hará existir. Sus ojos serán la única mirada que jamás se pose sobre ellas. Todo lo demás, ceguera y silencio eternos, desde el pleistoceno. Da igual. Nadie tiene ojos allá abajo.
Desde la infancia todo individuo es por igual cosmonauta y buzo, explorador del cosmos y de lo profundo, en busca de tocar su propio fondo. Lo cósmico y lo íntimo tienen infinitos puntos en común, y ambos se manifiestan a diario en lo cotidiano. Al buzo tampoco le hace falta mirar más lejos. Al alcance de su linterna de luz negativa se encuentra el tiempo, la vida, lo infinito. El contacto con lo abisal le obliga a darse cuenta de que él mismo es parte de ese cosmos, que en cada poro de su piel están contenidas todas las estrellas.
Es en este punto donde el buzo debe estar atento al momento preciso de emerger, de buscar la luz en la vertical sin subestimar su capacidad de adaptación al medio. Porque quizás, a base de vagar en la oscuridad, el heroico buzo acabe convirtiéndose también en otro ser pálido y macilento, cegato y desorientado, tan acostumbrado al agua helada y oscura que un día no se atreverá ya a abandonar la confortable soledad abisal, de algas pálidas y extraños peces viscosos.
Luis López Navarro






















